Rebeca Delgado: 350 días de silencio, 15 de bocona

08/01/2013

Maria Galindo
Mujeres Creando

Ella parece una mujer normal en mayúsculas, ni muy apasionada, ni muy mansa, ni muy rebelde, ni muy sumisa, ni muy gorda, ni muy flaca, ni muy blanca, ni muy morena, ni muy jailona ni muy popular, ni muy, ni muy, ni muy.

Cuando fue nombrada presidenta de la Cámara de Diputados no se esperaba nada extraordinario de ella, tenía todos los cables entre Parlamento y Gobierno abiertos y sólo tenía que encender y apagar las luces de la cámara, y así lo hizo.

Su año como presidenta se inauguró con las coplas carnavaleras, las acompañó, porque el cargo le quedó grande en la falda y los zapatos, y no se sintió realmente dueña de él. Como mujer normal que es, respiró hondo y prefirió sin grandes anuncios, sin grandes intenciones, sin grandes sueños, acomodarse a todo. Como se acomodan las mujeres normales que para serlo, han normalizado el machismo en sus vidas. En eso Rebeca ha sido una mujer que ha simpatizado muy bien con todos los hombres del partido, dándoles lo que ellos esperaban.

Fue acompañante de la presidenta de la Cámara de Senadores, con quien no se atrevió a discrepar y con quien intentó aparentar un armónico dúo femenino. Circularon las leyes sin novedad; dicen desde dentro que es una mujer que ha consensuado con la sociedad, me consta que no es así y que se ha limitado a portarse bien con el círculo masista que es, no la sociedad, sino una parte de la sociedad muy fácil de manejar porque se contentan con cuatro palabras de sumisión para con el Presidente. Verso que Rebeca desde su normalidad ha pronunciado sin pasiones ni disgustos.

Cuando llegó la IX Marcha en defensa del TIPNIS y ella tuvo la oportunidad de marcar la diferencia, ensayó un discurso fácil en las puertas del Parlamento. Se pronunció contra Berta Bejarano, repitiendo el guión del ministro de Gobierno y su condición de mujer le sirvió para -con cara de mujer- humillar a otra mujer.

Las venas del cuerpo entero de Rebeca funcionaron como cables conectados al MAS. Estábamos ya esperando a su relevo y, así, archivar su paso por el Gobierno como una mujer gris, una más de las que el esquema consume rutinariamente.

Y de pronto al final, cuando ya estamos por acabar el cuento de hadas de la participación de las mujeres, la bella durmiente que hay en ella se despierta y no por el beso del príncipe, sino por la cercanía del final. Empieza por decirle que no al ministro de Gobierno y luego vuelve a decirle que no. ¿Podemos creer en un acto de rebeldía repentina la haya invadido así de la nada? ¿O podemos creer que en realidad es porque ella ya sabía que no tendría oportunidad de ser reelecta?

¿Podemos creer que actuó por convicción, cuando en muchos otros casos no mostró convicción alguna?

Tengo la sensación de que ella se ha despertado como se despiertan las mujeres normales. Un día cualquiera sin motivo alguno, una gota rebalsa el vaso del silencio y la sumisión completa y todo lo que se contuvo rebalsa también.

Y ese pequeño acto, esos 15 días de abrir la boca, le cuestan ya no el cargo, sino el prestigio, el afecto, la confianza y todo. Se convierte en una mala mujer porque buena es sólo la que se calla y se deja mandar. Lo interesante no es la rebeldía de Rebeca, sino la reacción de los machos del MAS, empezando por el Presidente que manda un mensaje de sumisión para todas las mujeres de su Gobierno.

A Rebeca, por su minúsculo acto de libertad, le mandamos por Reyes un caliente y picante Macho picado para degustar mientras busca, quién sabe en vano, un puesto de trabajo.


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