Huyendo para Construir
por María Galindo

Explicar que es la virgen no es tan simple como parece, no es la sede de un grupo o movimiento, no es un centro cultural, ni siquiera es una casa de mujeres o para mujeres, o una casa autogestionaria como nosotras mismas hemos quedado en llamarla.

La "Virgen de los Deseos" es una forma de recoger una estrategia que las mujeres hemos tenido a lo largo de la historia, estrategia que ha pasado por la huida de la reclusión y la construcción de un espacio entre nosotras hacia la sociedad.

Somos pues también unas huidas. Huidas del juego caudillista que se ha instalado en los movimientos sociales, huidas de la relación víctima-concesión que es la relación que con el estado desde los movimientos se ha establecido, huidas del matadero de corderos en que se quiere convertir a la lucha social. Huidas también y al mismo tiempo de todas las reclusiones domésticas como madres, hijas o esposas. Amamos a nuestras madres y somos madres también, pero madres e hijas huidas de los marcos que esas relaciones suponen. Como ven nada fácil de explicar, porque es un lugar preciso en el que se encuentra en un punto de desobediencia y rebeldía lo existencial personal con lo colectivo.

Las estrategias de la historia que evoco y convoco para explicar a la virgen no constituyen una unidad ni geográfica, ni cultural, ni siquiera histórica. Son pedazos rotos y sueltos de memoria que las mujeres apenas podemos recoger y que con ellos podemos únicamente armar una convicción: el valor del espacio, el lugar, el donde y desde donde subvertir , el lugar donde encontrarnos y construir cultura de solidaridad entre mujeres. De nada servirían las frases sobre la solidaridad si no hubiera un sitio concreto donde buscarla y donde hacerla circular, el lugar de encuentro. Así que en palabras simples la virgen de los deseos es entonces -el lugar concreto donde se juntan lo personal y lo colectivo, el lugar desde donde ser y reinventarse a una misma y construir camino entre muchas-.

Pienso en la estrategia que asumieron las indias frente al avasallamiento y pérdida de legitimidad política en la conquista, frente a la traición de sus hermanos de cultura, cuando decidieron huir a la puna(1) y fundar escuelas matrilineales donde el conocimiento pasara de mujer a mujer. En ese contexto el lugar concreto fue la puna, es decir el sitio lejano al asiento del poder colonial, el sitio salvaje e inaccesible. La escuela de saber radicaba ahí y no en otro sitio y porque tiene donde radicar se convierte en "cosa amenazante".

Pienso en la autonomía sembrada por las mujeres de la Federación Obrera Femenina la FOF, en los inicios del siglo XX, 1927 en adelante . Ellas pensaron su autonomía política como autonomía económica y como lugar propio donde verse, juntarse, deliberar, hacer fiesta y estudiar al mismo tiempo. Experiencia que luego fue avasallada por la COB (Central Obrera Boliviana), obrerista, masculina, vanguardista. Ceñida a un concepto de clase que se dedicó a excluir a las mujeres y a eliminar al mismo tiempo el sentido de la autonomía política nuestra. Hasta el punto que hoy las organizaciones de mujeres como Trabajadoras del Hogar o Mujeres en situación de prostitución buscan su filiación - afiliación (valga la ironía del término) tal cual una hija ilegítima busca el reconocimiento de un padre canalla, chantajista e irresponsable.

Pienso en los conventos como fenómeno medioeval que lanzados como institución de la Iglesia se convirtieron en refugio de aquellas mujeres que querían evadir el matrimonio, refugio de aquellas que querían pensar, leer y escribir, refugio de músicas y poetas. Convento contenedor de amores apasionados entre mujeres. Convento que en manos de una Hildegarda de Bingen, por ejemplo, se convirtieron en sitios de saber infranqueables para la jerarquía católica.

Si estuviéramos en el siglo XVI quien sabe la virgen de los deseos sería un convento, ¡vaya ironía¡.
Si estuviéramos en el siglo XIX la virgen de los deseos sería un Quilombo, un lugar de esclavas huidas que se juntan a organizarse en libertad.
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1.
Como relata Irene Silverblatt en su Libro Luna Sol y Brujas