Visión psicológica feminista del confinamiento de las mujeres en tiempos de coronavirus

Por Raiza Zeballos, de Mujeres Creando

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Para hacer un análisis psicológico, desde mi perspectiva, no solamente es necesario conocer sobre la sintomatología o vivencias personales que tiene cada persona en este tiempo, sino también se requiere un análisis que implique conocer la realidad social de nuestro país y el accionar político que surge a partir de la crisis, sobre todo desde el Estado. ¿Por qué? TODAS las acciones desde el Estado durante esta crisis como decretos, prohibiciones, decisiones, omisiones etc. nos afectan de manera directa no sólo económica, laboral o socialmente, sino también psicológicamente porque provoca tristeza, culpa, desesperación, angustia, impotencia y tantas otras cosas más.

El Estado de doble discurso

El Estado nos viene diciendo qué tenemos que hacer y qué no en su afán “protector”, que más bien es paternalista,  haciéndonos creer que nuestra labor se centra tan solo en quedarnos en casa, que así nos salvaremos a nosotras mismas y a nuestros familiares de un contagio inminente, y que son ellos quienes se ocuparan de salvarnos. Seamos realistas, el Estado por sí solo no tiene la suficiente capacidad ni logística, ni operativa para enfrentar una pandemia de este tipo, pero son muy buenos en lavarse las manos como acto de engaño a la población y hasta a sí mismos en su intento de demostrar que lo están haciendo bien y que todos y todas nos salvaremos al quedarnos confinadas y confinados.

Las mujeres sentimos esto de manera mucho más grave, por un lado, nos hace sentir particularmente vulnerables, bajo la idea que somos un grupo de riesgo que necesita atención especializada, donde ellos la confunden con una atención “caritativa”. Las palabras de Jeanine Añez durante uno de sus tantos discursos, decían que la violencia machista no deja de estar presente en la cuarentena, por lo que castigaría a los agresores “con todo el peso de la ley”. La realidad es que las líneas gratuitas no sirven de manera efectiva y el alcance que tiene la policía y la justicia es aún menor al que ya se tenía de manera inefectiva en situaciones “normales”. El Estado no tiene una lucha contra la “vulnerabilidad” sino la incrementa. No brinda información a las mujeres o elementos de cómo se puede actuar ante la violencia, sino que cierra las posibilidades en una policía y justicia tan poco capaz, que las mujeres terminamos pensando que si esa es la ruta de salida de la violencia, salir no es posible. El efecto psicológico en las mujeres en el incremento del sentimiento de impotencia, teniendo muchas que recurrir a la sumisión como acto de supervivencia.

Otra consecuencia del paternalismo del Estado es la culpa y el miedo por contagiarse y contagiar. La única consigna para cumplir es la quédate en casa, pero, ¿qué pasa con todas aquellas mujeres y población en general que no puede respetar la cuarentena? Existe infinidad de personas que aún salen diariamente a las calles porque necesitan subsistir sea o no sea su día de salida, o los que no tienen un hogar porque su hogar es la calle, o son trabajadores de la salud, limpieza o de alimentos y que se ven obligadas a seguir trabajando, o que, como nuestras compatriotas exiliadas del neoliberalismo en Pisiga, se hallan haciendo cuarentena en condiciones inhumana, sin la posibilidad de cumplirla dignamente en sus casas, algo que les expone mucho más para contagiarse no solo coronavirus sino muchas otras enfermedades. Toda esa población carga consigo la culpa de poderse contagiar, de tener que exponerse al peligro de una pandemia por la necesidad de sobrevivir. Esa culpa y ese miedo están patrocinados principalmente por el Estado porque no se brinda las condiciones mínimamente dignas para trabajar o para vivir y que, tras habernos repetido tantas veces que nuestra responsabilidad tan solo es quedarnos en casa, no podamos hacerlo porque no estamos en nuestra tierra, porque no tenemos dinero para pagarnos un vuelo privado, por tener que exponer encima a menores de edad, por no poder dejar de trabajar porque si no nos morimos de coronavirus nos morimos de hambre, o por simplemente estar cerca de las o los infectados curándolos, como en el caso de los médicos que han sido discriminados por sus propios vecinos, y tantas otras razones que no son válidas ni para el gobierno ni para la sociedad que nos condena con una mirada moralista y vigilante. ¿Qué pasa si efectivamente toda esa gente con a la que se le carga culpa se contagia? El castigo social será aún mayor y servirá al Estado para justificar el contagio de estar personas como un castigo por su desobediencia o poco cuidado y no así por la falta de efectividad y gestión social del mismo Estado. Lo mismo puede pasar con la gente que aun cumpliendo su cuarentena de manera obediente llegue a contagiarse, ¿acaso ni haber podido quedarse en casa habrá funcionado? Es posible que no y que ni siquiera estar aislados sea suficiente para contraer el virus y eso pese en nuestras conciencias de manera injusta.

La peligrosidad de la individualización del problema

A las mujeres, sobretodo, nos han sobrecargado con el cuento del empoderamiento para creer que la violencia o cualquier otro problema debe solucionarse desde nosotras con el poder individual que cada una genere en sí mismas casi de manera mágica. Que desde nuestro esfuerzo alcanzaremos el éxito por más que estemos en la peor de las situaciones. Este cuento engañoso tiene mucho que ver con el “quédate en casa” que tanto se repite. En primer lugar está la falsa ilusión de que desde la individualidad lograremos algo importante; es verdad que estando en casa nos cuidamos a nosotras mismas, pero no somos salvadoras y heroínas frente al coronavirus. Los casos aumentarán, es posible que afecte a personas cercanas y queridas o ti misma y que, además de la culpa, sientas frustración porque no habrás hecho lo suficiente. Nos venden la idea de que solo desde la individualidad podemos accionar para cambiar el mundo y no es verdad, quedarse en casa no puede ser la única acción para confrontar una pandemia de este tipo.

En segundo lugar, idealiza y romantiza de manera excesiva la convivencia en familia como si este espacio fuera siempre un lugar cálido, cómodo, seguro y justo para todos y todas sus miembros. ¿Cuántas madres estarán siendo sobrecargadas en mayor medida con las labores domésticas o tendrán una “ayuda” mínima del resto de la familia? ¿Estará llevándose de similar forma la cuarentena para un padre, una madre, un hijo o una hija? Es como si ese quédate en casa tan romántico que se plantea haya dado permiso para retroceder y olvidarse de la idea de que lo personal es político, despolitizando completamente al hogar como principal lugar de relaciones políticas de justicia.

Otro factor es la imposibilidad de generar empatía con otr@s. Vamos detenernos en el caso particular de mujeres que están atravesando por violencia machista. En el servicio de Mujeres en Busca de Justicia de Mujeres Creando diariamente vienen aproximadamente unas 15 a 20 mujeres nuevas para encontrar respuestas y soluciones a sus casos, la convivencia con otras mujeres que también están esperando a ser atendidas y que tienen casos similares les permite generar empatía, sirviendo esto como un cable a tierra para saber que no son las únicas que se encuentran en esta situación, lo que les impulsa a continuar con su lucha bajo la idea de “si otras más pudieron hacerlo, ¿por qué no yo?”. Este ejemplo sirve para pensar que en este momento de confinamiento, muchas mujeres ni siquiera lograrán hacer la denuncia de sus casos porque es posible que al verse solas y sin apoyo, no tengan esperanzas de que vayan a ser tomadas en cuenta, sumado a las insuficientes e ineficaces medidas del Estado ya mencionadas. No valdrá empoderamiento alguno que pueda sacarles de esa situación desde un accionar individual y esto es lago de suma peligrosidad que tiene que ver con preservar la vida misma de cada compañera.

Esta imposibilidad de empatía puede reproducirse también en la población en general al encapsularse en la idea de que la autosuficiencia, donde no necesitas de nadie más que de ti misma o mismo, será suficiente para resolver tu cotidiano, perdiendo totalmente la visión comunitaria o colectiva y generando progresivamente mayores necesidades innecesarias que te facilitarán la vida, pero que te alejarán de otras y otros, beneficiando al capitalismo y creando una brechas más grande entre clases sociales, porque quien más tenga podrá sobrevivir, quien no, ni modo.

Dinámicas psicológicas complementarias entre el machismo de un hombre violento y el del Estado

El amor romántico es la principal arma de los hombres violentos que buscan someter a sus parejas. En nombre del amor, un hombre violento busca aislarnos de nuestra familia, de nuestras amigas, de cualquier contacto que en algún momento pueda auxiliarnos cuando nos encontramos en peligro por la violencia. Este aislamiento puede ser una prohibición tajante o, en la mayoría de los casos, se hace de manera muy sutil y romántica, como si sus intenciones fueran protegernos de todo mal y para esto requiriesen controlarnos. ¿Suena familiar en este tiempo de cuarentena? Es porque el Estado utiliza exactamente los mismos mecanismos para ejercer poder por sobre la población. Nos dicen, con un supuesto cariño que se nota muy forzado, que nos quedemos en casa, pero utilizan la presión y el miedo contra todos y todas para que cumplamos con la presencia de la policía y sobretodo de la milicia, que además portan sus armas para simbolizar mayor poder y generar más miedo todavía, estando en la posibilidad de que, si la población incumple, puedan arrestarles, reprimirles (como ha pasado en el valle alto de Cochabamba o Santa Cruz) o utilicen la vergüenza social, tal como un agresor lo haría con su víctima al golpearla, insultarla, humillarla.  Así como un hombre violento amenaza con tomar medidas más fuertes para controlar la desobediencia como un acto supuesto de amor, el Estado amenaza de igual manera en nombre de preservar nuestra integridad y salud. Ese amor romántico peligroso se convierte en primo hermano del fascismo romantizado del Estado que está siendo efectivo, pero no por la concientización de la gente sino por el miedo y la represión.

Las mujeres bolivianas históricamente han conquistado las calles desde la rebeldía para que sea escenario de múltiples luchas sociales. Es por eso que en la calle nos sentimos libres de decidir qué queremos hacer, de poder charlar, de trabajar, de jugar, de gritar, de amar, de marchar, de criar, de estudiar y de hacerlo todo. No por nada Mujeres Creando resume esta conquista en el grafitti “la calle es mi casa de colores, sin marido ni patrón”, pero ahora nos han privado no solo de nuestro derecho a la libertad, porque la calle ya no es nuestra casa estando militares y policías, además del maltratador en la casa, ambos con un aire de superioridad sobre nosotras, ambos con el permiso y la bendición del Estado para violentarnos. Sino también de la posibilidad de imaginarnos y pensar por nuestra propia cuenta y al margen del Estado y del macho violento otras formas efectivas del simple “quédate en casa”.

Desobedecer como acto político y psicológico vital

Quedarte en tu casa no es lo mismo que quedarte callada. Nos prefieren calladas, para que no pensemos y no nos quejemos de las falencias que existen, para que no propongamos nuevas formas de convivencia que salen de toda capacidad creativa y de reflexión que el Estado pueda darnos.

Estamos conscientes de que la cuarentena es necesaria para no tener contagios masivos y colapsar el sistema de salud, que de por sí ya está colapsado, pero las consecuencias psicológicas, sociales y políticas que genera el confinamiento deben confrontarse, de hecho hay muchos y muchas que ya lo hacen a manera de desobedecer la única consigna escueta que se nos ha dado y están saliendo de sus casas a recuperar la libertad y las o los vemos en el mercado vendiendo lo que pueden, inventándose nuevos oficios con mucha creatividad en esta cuarentena, o están manteniendo el contacto sin dejarse llevar por las soluciones individualistas, o han generado empatía como un acto político y están ayudando a vecinos y vecinas u otros a abastecerse, con una intención y sentido de solidaridad muy distinta al de una donación ridícula de unos cuantos oligarcas, o están incluso simplemente a haciendo compañía a otr@s. Si la gente no estaría desobedeciendo es posible que realmente estando confinados en su totalidad ya hubiéramos perdido la cordura.

Este no es un llamado a ponerse en contra de la cuarentena para salir a las calles de manera masiva, sino a cuestionar todos estos mecanismos de control y de transformación que se están presentado de manera implícita y que con seguridad irán afectando más en la sociedad entera. Este es un llamado a desobedecer las normas y no quedarnos encerrados en las casas bajo una la idea de estar haciendo suficiente, sino a no perder la colectividad y las alianzas insólitas que son vitales y que necesitamos para sobrevivir ante tal crisis mundial.

Si se está confinada en un círculo familiar, desobedecer puede también implicar la reorganización política y de manera justa del hogar. Esto quiere decir que tanto las tareas domésticas en su totalidad, como las labores de trabajo, de aporte económico y de educación y crianza con los hijos e hijas sean de manera totalmente justa. , toma la familia como si tuvieras dentro de una cooperativa donde cada uno tiene que hacer lo suyo para que la convivencia sea justa para todos sin importar si son muy pequeños o muy grandes para aprender, que la cuarentena no sea una excusa para que seas la sirvienta de toda tu familia. Si crees que esto está pasando es tiempo de repensar cuanto bien te hace a ti, cuanto más resistirás bajo esas condiciones y como las desigualdades en convivencia familiar podrían reproducirse como espejo en la vida pública o fuera de tu casa, no solo para ti sino para tus wawas. Si tu familia se opone a esta reorganización enciende tu alarma y cuestiona el supuesto cariño que te tienen porque es instrumento para que ellos conserven sus privilegios y tu pierdas tu libertad.

Si esta reorganización se concreta, incluye el tiempo de descanso y ocio que necesitas para tu bienestar físico pero también mental. Disponer mínimamente dos horas, aparte de las de dormir, sin la presencia ni molestia de nadie es ejercer un autocuidado necesario. Este tiempo puede servirte para observarte a ti misma, para cuestionar tus relaciones, para tomar decisiones importantes, para mejorar tu alimentación y salud. Para brindarte toda esa atención prioritaria posiblemente antes no te hayas dado. También puede servir para generar nuevas o más fuertes alianzas insólitas entre vecinas, con el fin estratégico de renunciar a la individualidad de acción y hasta emocional en tiempos de confinamiento.

 

 

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